Y el hombre despertó, abrió los ojos, se dio cuenta; despertó. Nunca más se
distrajo; descubrió el amor. Despierto escribió recién las letras de su
nombre, buscó el espejo, comprendió. El ser de amor que llevaba dentro
decidió nacer: aprendió. Cantó agradecido su canción: "manto infinito de las estrellas, bendita noche que nos abrazas, soledad que celebro, refugio que contesta, oración que dice gracias". Entonces abrió los ojos, ocurrió, el hombre fue mejor. Nunca más se distrajo, descubrió el amor. Desde entonces aprendió a decidir, decidió en el corazón. Mayor y menor abrazó a sus hermanos, elevó a su semejante, eligió el mejor tiempo y caminó, su único destino, fuerza universal, energía que nos une, perfume de lluvia sobre la tierra, arbusto fresco, estación de sol que abraza y entiende, ahora el hombre que despertó.
domingo, 18 de septiembre de 2016
sábado, 16 de julio de 2016
Invisible juego
Casualidad; no lo sé. Pasa que somos formas diferentes de existir. Aquí en alguna parte tú. Al final de la calle, por entre la lluvia, cruzando el parque. Puedes estar de nuevo rebuscando mi desorden, entre párrafos inútiles la razón, esa inexistente razón que se obsesiona en el vacío, o puedes aparecer así en el aroma, en el sonido de la noche que alguien canta para nadie. Nos dejamos llevar, nos metemos de nuevo a la primera vez, con la fragancia del olvido presuroso y el amanecer que calla. Muy pronto o muy tarde, somos cómplices. Nos callamos la calma que se rompe, gritamos el silencio entre mil voces, mil espejos sin calma y sin tiempo; feliz el laberinto, obsesión y encanto. Abandonados en la inhóspita memoria que recreas, firmamento y estrellas, tus ojos son los míos y tú, de nuevo tú, al voltear la calle y respirar en solitario la mañana tibia del invierno, tú entre la lluvia o el parque. De pronto una palabra nueva, aquí dando vueltas tú, revolotean hojarascas, cerca, muy cerca, es un juego, abrazados en el ventarrón, invisible juego, maravilloso juego tu naturaleza.
martes, 21 de octubre de 2014
Prefiero caminar
Prefiero
caminar porque cuando camino me encuentro, siempre nos encontramos en el
camino, semejantes, uno con el universo, de la mano. Caminar lo mismo que
buscar; buscar en el sinónimo perfecto. Andar,
siempre es andar, a veces muy lejos, para encontrar, para volver al principio,
para observar, para hallarme el espejo. Por
eso prefiero caminar porque no importa donde esté, lo que importa es que sé que
siempre que me voy regreso. Aprendí
a despojarme de la razón, a dejar a un lado el intelecto para concebir el amor
y a Dios por efecto. Porque entendí que nunca nos vamos, que siempre estamos,
que estás y estoy, y que siempre es el don; por eso el agradecimiento regresa -tantas
veces-, lo mismo que el perdón. Siempre
es el equilibrio lo que define, lo que viene y lo que va; por lo que no vemos
existe lo que está. Por eso vivo, disfruto cada mañana, después de andar, cada
invierno o madrugada disfruto. Cada amanecer. Porque siempre
es el hoy, para ser bueno, para buscar y comprender, para entender quién soy. En
cualquier momento disfruto del andar, de las aves, de la lluvia, del mar, de los insectos que
posan solitarios, de las hormigas que guardan el pan. Disfruto de las manzanas
y del buscar. Disfruto del perro que a mi lado aparece y que libre se va, quién
sabe buscando lo que le toca hallar. En
el orden vertical del origen no existe final, sino el volver a empezar, después
del andar. Porque nunca es el tiempo ni la edad, porque el tiempo ni
siquiera está cuando se trata de amar. Porque el amor no solo es Elena sino la
totalidad; es todos y todo. Rechazar el fuego no hace sino desbordar el mar,
hasta el que se empoza dentro cuando no se tiene en quién confiar. Acepto
el día y la noche, sus misterios, todos los que pueda hallar; porque si espero
con ansias la inmensa fortuna, en tanto, con la misma humildad del encanto, asumo el día y también su desenfado. Por eso prefiero caminar
porque cuando camino me encuentro, principio que ordena, albedrío de estar,
voluntad de entender quién soy cuando no estoy a su lado.
EQM
domingo, 10 de agosto de 2014
Una feliz coincidencia
De pronto le fue inevitable verse a través de ese otoño.
Allí estaban los cojines de infancia, las sonrisas, los dibujos multicolores.
La fría noche del Valle del Mantaro. La constelación nocturna devolviéndole con
brillos cada letra de su nombre. Betzy. Miles de preguntas inocentes. Betzy. Los
juegos, las promesas en la gruta, las travesuras. Betzy. Todo estaba allí,
delante de ella e intacto, como en un sueño. Los peluches inanimados pero
amables; la excusa de mamá para los hermanos que nunca tuvo. Las hojas secas de
eucalipto cayendo a abrazarla con la tarde. El viento, el vaivén de los
árboles, sus apenas nueve años, sus zapatos de charol con los que se trepaba
hasta las ramas más altas por donde miraba el huerto, la casa, los becerros, la
tarde. Sus ojos claros, los mismos ojos claros arrastrados a la nostalgia. Era
el cobertor aguardándole el sueño entre bordados, entre el ondulante giro de
mil mariposas; los verdes del atardecer andino, entre algodones de cielo y las
aves. De noche eran las estrellas, la luna, las piedrecitas de colores y el
riachuelo transparente.
Y cuando despertaba al día siguiente siempre era una
fiesta el tibio beso de mamá, los buenos días, salir a correr por la sala,
encender el antiguo radio a tubos de la abuela y jugar. Inevitable verse a
través de ese otoño, en el lugar que menos esperaba y del cual empezaba recién a
darse cuenta. ¿Te habías ido Betzy,
dónde estás? De niño siempre es una fiesta despertar y correr por la sala,
pensó Ernesto, después lo dijo, en voz baja para que Betzy apenas lo escuchara.
Pero ella deshizo muy lentamente el semblante dibujado por la nostalgia. Volvía
de otro lugar sin darse cuenta. Eran unos labios hermosos los que se recogían
frente a él, pensó de nuevo Ernesto, pero esta vez no hubo palabras. En el
fondo estaba admirado. Cómo era posible que esos trazos de lápiz sobre sus
hojas se hayan hecho realidad de la noche a la mañana. Era un sueño, un viaje en tren, las nubes al otro lado del
vidrio. Estaba seguro que había hablado con ella. Y la recordaba a cada
momento, en cada reposo sobre el tablero de dibujo, en cada página por donde
intentaba construirla. Y entonces cuando la vio eran los mismos ojos, la misma
sonrisa, y el mismo beso que habría querido darle. Lo siento, no me di cuenta,
me perdí cuando hablabas, dijo Betzy. Y la paz de su reposo se mudó de prisa a
un gesto de sorpresa. Son más de las dos, dijo luego de mirar su reloj. Se
levantó preocupada. El módulo debe estar lleno de gente, pensó. Ernesto también
se puso de pie. Sobre la mesa quedaban dos vasos del postre que no habían
terminado. Era tarde. Cómo no me di cuenta del tiempo, pensó Betzy. Salieron por la avenida La Paz hacia Larco rumbo a
Benavides. Eran apenas tres cuadras las que caminarían. Harían rápido el
trayecto. Era sólo una coincidencia, nada más. Sucedió, estaba casi segura de
eso. Pero no medir el tiempo… oh Betzy. No solo no estaba bien, estaba
terriblemente mal porque de alguna forma algo habría estado bien. Y eso qué
significaba. ¿Algo invisible que empezaba a dejar de serlo, alguna
correspondencia mutua, reciprocidad, coincidencia, temor? Lo siento, sé que fue
agradable pero acabamos nuevamente distraídos, pensó Betzy, y mientras lo
pensaba buscaba nuevas palabras para decirlo. Perdóname si te distraje mucho, debo
aprender a medir el tiempo, dijo Ernesto, y ya habían volteado hacia Larco.
Betzy lo miró; ya no tenía que buscar palabra alguna para decir algo. Doblaron
por Alcanfores. Te lo hubiese dicho la primera vez, pensó Ernesto, fijándose en
la comisura por donde nacían esos labios rojos a los que estaba seguro le
gustaría acercarse y besarlos. Cuando me observas siento que quieres decirme
algo, dijo Betzy. Pasaron por la puerta de la farmacia, la agencia de viajes,
se vieron en los enormes vidrios del gimnasio. El supermercado estaba en el
cruce con Alcanfores. Avanzaron por el estacionamiento vacío, cruzaron el postigo
de ingreso hacia el almacén. Ya dentro caminaron con menos prisa como si les
pesara despedirse en medio de ese pasillo. Dejaron atrás una puerta vaivén, algunos
gondoleros que pasaban apurados, coches cargados de mercadería de algún
proveedor, unas cuantas cajeras. Ernesto gracias, de verdad me distraje, dijo
Betzy. Ambos se habían detenido frente a frente. La próxima será diferente,
dijo Ernesto. ¿Habrá una próxima vez?, pensó Betzy. No sé si es el tiempo o
somos nosotros, dijo luego. ¿Y si
fuéramos nosotros?, pensó Ernesto. Creo que es el tiempo, dijo después. Sí,
siempre es el tiempo entre ambos ¿no crees?, dijo Betzy. Está bien, asintió
Ernesto. Betzy sonrió, dio media vuelta y se fue camino a la sala de ventas.
Ernesto la vio desaparecer al fondo de una pasadizo angosto y pensó que esos
eran unos labios hermosos a los que estaba seguro le gustaría acercarse y
besarlos. Pensó en esa primera vez. Ella sonriendo en mil brillos, su cabello
suelto hasta los hombros por el apuro y similar a los trazos que alguna vez se
atrevió a dibujarle en secreto. Su figura delgada, sus ojos claros, sus manos
suaves; algo había que lo cautivaba para quedarse detenido y pensar inútilmente
en algo que le acercase aún más. Entonces pensó que para el deseo no había nada
más que sus pensamientos inútiles y su actitud. Y eligió lo último. Salió
detrás de ella. Pero la sala de venta del supermercado no era el mismo tiempo
ni espacio que encerraba Ernesto en el interior de su cabeza. Era otro lugar,
otro mundo. Mientras avanzaba y cruzaba la puerta de ingreso a la tienda de
pronto algo como unos brazos gigantes empezaban a sujetarle el cuerpo, para
detenerlo, a cubrirle los ojos para no ver cómo Betzy se iba perdiendo entre
gente que iba y venía, que cruzaba, que hablaba y preguntaba tantas cosas que
empezaban a detener su paso. Su figura delgada, sus ojos claros, sus manos
suaves, su voz. Ernesto pensaba en ella. Código Uno, clave A. Código Uno, clave
A. No quería dejar de pensar en esa primera vez. Ella sonriendo en mil brillos.
Ernesto te dejé unas hojas, a qué hora paso a recogerlas. Ernesto, las ánforas.
Ernesto, mis carteles. Ernesto, mis precios. Eran unos labios hermosos los que
se movían frente a él explicándole que no se había dado cuenta, que se había
extraviado de la conversación, que sentía cuando él la observaba. Código Dos,
clave C. Código Dos, clave C. Ernesto te estoy hablando. Ernesto te busca el
administrador. Ernesto tienes reunión a las 5, es urgente. Era acaso una
coincidencia maravillosa. Ernesto en qué piensas. Eran los mismos clientes, la
misma bruma, las mismas voces, la pantalla del computador, el escáner, la
etiqueta de precios. Ernesto se desató de las voces que lo envolvían, cruzó la línea
de las registradoras, avanzó entre unas colas que esperaban, varios coches
estacionados y cargados de productos multicolores. La buscó con la mirada.
Betzy revisaba unos papeles dentro del módulo. Se acercó un poco. Se detuvo
antes de llegar a ella. Era una sensación extraña. La misma situación. Tal vez
otro lugar, otro tiempo; quién sabe. La misma figura que lo
había cautivado cuando no la conocía, era la misma que estaba frente a él, la misma entre sus hojas que había dibujado en otro tiempo, a lado de
la ventana en el tren, y la que él extrañamente había dibujado en su memoria con una sonrisa.
EQM
lunes, 16 de junio de 2014
La felicidad que te necesita
Hoy
lunes me pasa que no alcanzo tu mano. Debe ser por eso que el día está diferente.
No puedo tocar tu mano, siento como si los ojos se inundaran entre los amargos
medicamentos que te rescatan. Uno siempre se siente inútil con el silencio
ajeno. Pienso que tal vez ahora te estés yendo hasta esa sala de la noche para
reclamarle tus besos, y seguro mientras duermas aprovecharás para sonreír. Pero
hoy no sé, no encuentro espacio para llegar a ti, ni palabras ni pretexto
porque te extraña la felicidad. Deben ser las reglas del tiempo. No lo sé. Nos
separa apenas un cuadro, la ventana abierta, la acera de enfrente; el tiempo.
Qué difícil es estar bien y tú al otro lado con los calmantes. Pero pasará que
la noche durará poco. Vas a ver. Vendrá luego el día en su mejor traje con tu
rostro y las flores y el amanecer nuevo y tus besos y una canción. Estarás bien
porque tú siempre estás bien cuando están bien todos, porque estás en armonía
con el amor, y porque ese amor que albergas ya no es solo tuyo, lo que quiere
decir que la felicidad te necesita.
EQM
EQM
miércoles, 11 de junio de 2014
Los colores que te pertenecen
Hoy
es una mañana diferente. Afuera llueve y las veredas están mojadas. Pasaba lo
mismo cuando estabas en el mezanine de Benavides y cuando caminábamos por la
avenida Pardo. Lo recuerdo bien y eso nunca nos importó. Tu sonrisa siempre fue todo eso que iluminaba.
¿Recuerdas los
edificios de San Felipe?
En realidad hubiera querido encontrarte de otra forma.
No sé. Caminando de pronto por la calle, cruzando el parque un día de semana, a
la salida del museo; tal vez mientras preguntaba por un libro en la feria. Nadie
sabe si aquello era posible, y es mejor que sea así. Mientras tú cerrabas la
puerta de tu casa de día, yo bajaba las escaleras de una estación muy temprano,
cada uno en distintos lugares, quién sabe a qué distancia y en cualquier lugar.
Y si hubiera existido esa coincidencia por el azar, seguramente nos hubiéramos
detenido a contemplar con velocidad los recuerdos de aquellos años. Un hola, un
abrazo, el saludo y los buenos deseos que siempre están.
Y eso hubiera sido un
regalo.
Pero debes saber que siempre fuiste esa chispa que encendía otra y que
terminaba con algo escrito. Lo acabo de probar. Tal vez por eso volví a caminar,
muchas veces por debajo de esos edificios. Me sentaba a vernos. Siempre fue la
brújula, la nostalgia en continua búsqueda.
Eso nos pasa a algunos.
¿Recuerdas la vez en Miraflores que fuimos de
casualidad a la iglesia y de pronto hubo una alusión que nos sorprendió a la
entrada? Ese día le pregunté al padre si me podía traducir una frase de Borges
en latín. Creo que el cura no nos vio con buenos ojos. Nos divertimos tanto que
no paramos de reír.
¿Sabes? Son tantas cosas gratas que se mueven por encima
esta mañana. Se mueven y forman una gama de infinitas fotografías que aparecen para
envolver y donde uno es capaz de extraviarse. Nada es tan maravilloso como
encerrarse en el telón de una historia. Repaso cada una de ellas como en un
baúl. No quiero salir. Pero no se trata del escriba que teje estas circunstancias
sino de ti.
Esa es la verdad.
Hay algo extraño en el fondo de tu nombre que es
como un abrazo, una fogata, como la paz. El infinito, una canción de Streisand.
Entonces cómo no recostarse y meterse en la rueda del laberinto. Hay muchos de
esos laberintos que pronto tendrán color. Muchos de esos colores son tuyos y es
bueno decir que te pertenecen. Por eso siempre está el anaranjado de una
antigua tarjeta de puntos, está la satisfacción de saber que estás, que existes,
no importa dónde, no importa si reflejada en el vidrio de una galería o abriendo
la puerta de tu casa para salir a un día nuevo.
La vida es sabia; interrumpe las cosas por algo. Todo en ti está lleno de amor. Tú eres ese instante de
creación que se mueve en la memoria, el amanecer tibio, la mañana diferente
a pesar de la lluvia. Todos los colores te pertenecen. Contigo están los nuevos sonidos, la oruga que se mueve, tu sonrisa que todo lo ilumina, el niño que acaba de nacer.
EQM
viernes, 30 de mayo de 2014
Qué pasaría si te quedaras
A
veces me pregunto qué pasaría si te quedaras. Qué pasaría si fuéramos siempre
al mismo lugar, si regresáramos por el mismo párrafo. Hay un enorme vacío allá
afuera. El parque, la farmacia, los niños que no están. Y la ventana siempre
abierta hacia adentro. ¿Andaríamos la misma tarde? A pesar del laberinto que
invade, por encima de las hojas vacías sobre la mesa, los peces, las tardes ciegas,
los apuntes inútiles sobre tu nombre, sé que pasaría algo más sobre la
cuadrícula del tiempo. Sería como un viaje. Hallaríamos juntos eso que nunca supimos qué es y que decías no importaba. Tal vez figuras, nuevos rostros en
los marcos. Cambiaríamos el color de la alfombra. Siempre es el tiempo cuando
no estás. Quisiera no tener memoria ¿sabes?, abandonar las camisas y meterme en
tu pecho. Seguir el extraño encanto de jugar sin saber qué. Como cuando sacábamos
las cartas, ¿lo recuerdas?, una adivinanza, un secreto, el abismo y de pronto
el papel. Tú juegas sin reparos sobre el papel, eres capaz de esconder su vacío,
descubrir la melodía, explicar el
parque, la farmacia, los niños que no están. Pienso en ti porque no te importan
los espejos ni las paredes que se mueven como gigantes alrededor. Porque
contigo las tardes ciegas destejen las cuadrículas enormes del calendario. Y sucede
que esparces el amanecer, invades sobre el
ruido, lo transformas, a pesar de la lluvia y la ventana abierta hacia adentro,
aún cuando mis manos se olvidan el camino de tu cuerpo y mi mente no está sobre
la mesa. Me olvido a tu incendio que se abraza en la lluvia, como un loco a su
fantasía que lo consume, a pesar de la memoria, el laberinto y el sin sentido
del reloj. Es apenas un instante. La chispa de los fósforos, un parpadeo,
la habitación a solas, un nuevo amor. A veces me pregunto qué pasaría si te
quedaras.
EQM
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